Comunicas.- Los padres de nuestras patrias ya lo vieron hace siglos. Bolívar proclamó que “la unidad de nuestros pueblos era un inexorable decreto del destino”; Martí decia que “de América era hijo y a ella se debía”; y Artigas expresaba que “la libertad de América formaba su sistema, y plantarlo era su único anhelo”. Recordemos siempre que Bolívar también dijo: “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”
Ahora, 200 años después de nuestra independencia de la Corona Española, buscamos “independizarnos” del “Big Brother”, nuestro vecino del norte. O al menos eso pareciera al ver la reciente “Cumbre de la Unidad”, celebrada por todos los Presidentes de América Latina y el Caribe, en Cancún.
Dicha Cumbre, extraordinariamente, logró unificar ideologías y formas de gobierno antagónicas por un gran objetivo común: consolidar una comunidad política de toda América Latina y el Caribe. Darle una “personalidad” a latinoamérica en el mundo, como dijo Lula.
Fortalecernos con la unión y defender intereses comunes ante las potencias cercanas y lejanas que se han desarrollado históricamente con nuestros recursos naturales y energéticos. Tener una moneda común o eliminar la necesidad de pasaportes para viajar en nuestros países, como lo sugirió Chávez, al finalizar una rueda de prensa en la Cumbre.
Todo esto se ve relativamente bien. Pero creo que, aunque la inmensa mayoría de los latinoamericanos estamos alegres por la unión, hay que analizar otras perspectivas del asunto.
Nosotros lamentablemente no tenemos economías fuertemente industrializadas, y mucho menos equilibradas. No somos independientes tecnológicamente. Además, nuestras economías, instituciones y formas de gobierno en general, estan concebidas bajo el paradigma capitalista de las grandes potencias, pero sin serlo.
Es decir, tenemos la estructura, pero no el desarrollo. Y probablemente nuestro desarrollo nunca será igual al de las potencias con siglos de industrialización. Y no es negativismo, sino realismo: en pleno siglo XXI seguimos siendo la región más desigual del planeta. Con una inmensa cantidad de analfabetas. Con millones de niños en la calle, y millones bajo el umbral de la pobreza, mientras una pequeñísima minoría es inmensamente rica.
Al ver esta realidad creo que, con la unión, están frotándose las manos a unos cuantos. Por ejemplo, veo al mexicano Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del planeta, pensando en grande, llenando sus arcas en América Latina con desigualdad “a la mexicana”. O quizas a Cisneros, de Venezuela. O al emporio de la construcción del brasileño Odebrecht, proyectando sus ganancias en toda la región. Veo a todos ellos compitiendo ferózmente por consolidar su monopolio. Veo a Chávez trazando estrategias para expander la Revolución con TeleSUR, PetroSur, El Banco del Sur, etc. Y también veo a unos muy preparados, los «big brothers» empresariales. Con más experiencia y posibilidades. Walmart, por ejemplo. O Bank Of America (¿Latina?), avasallando a todo banquito por ahí.
¿A donde va mi reflexión?
Para consolidar una verdadera unión, que impulse el progreso de nuestra sociedad, tenemos que revolucionar nuestras instituciones y las estructuras estatales en general.
La verdadera unión la construiremos nosotros los ciudadanos. La sociedad civil organizada y propietaria del poder económico. El poder más fuerte.
Para la verdadera unión tenemos que revolucionar la economía mercantil y transformarla en democrática. Llenar las empresas de democracia. Crear nuevas empresas democráticas y trabajar por la justicia que significa la democracia económica.
Con nuestra verdadera unión participaremos en la elección de nuestro destino. Y de esta forma, la sociedad civil organizada propietaria del poder económico, podría cambiar profundamente las cosas.
Las generaciones futuras del mundo entero – pero de América Latina en especial – tienen en sus manos la construcción de un mundo mejor, más justo, realmente democrático, sin los errores del pasado. Unidos, pero no como Estados, ni como gobiernos, sino como seres humanos.
Por Juan Perfetti
Empresario democrático
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