Un monje tibetano que se pasa la mayoría de sus días meditando dijo en una charla Ted que el secreto de la felicidad es ser agradecido. Instantáneamente lo rechacé pensando que parecía más bien una línea de tarjeta de cumpleaños, pero la noción no deja de rondar mi cabeza y revolver recuerdos.
Hace muchos años, trabajando en Leo Burnett, una agencia de publicidad, hicimos un estudio antropológico sobre el venezolano y descubrimos el famoso «Triángulo de la culpa» (bueno, famoso para mí). A ver, se los explico.
Le preguntas a un hombre: «¿Hermano, y por qué usted le grita a su mujer? Porque mi papá me pegaba», te contesta. Y te vas y le preguntas al papá: «¿Y por qué usted le pegaba a su hijo? Porque mi mama tomaba aguardiente desde que se levantaba.» Y le preguntas a la mamá: «Señora, ¿por qué tomaba aguardiente? Porque el gobierno no me da lo que yo me merezco.»
Siempre la culpa es de otros. La felicidad inalcanzable viviendo en la desdicha y el sentimiento de que otro siempre te quitó tu oportunidad. Y lamentando la imposibilidad de arreglarlo porque no está en tus manos.
Somos un país de culpables. De los adecos… de los ricos… de la infancia… de mi jefe… de los chavistas… de maduristas… de la oposición… de la falta de unión. Nunca soy yo.
Es la antítesis del progreso. Una lista de culpables siempre a la mano que adjudica impunidad personal absoluta. «Es que por eso estamos como estamos» es nuestra frase favorita que explica todo.
El gobierno se ha construido su torre dorada de terror con este modelo. La culpa es de los demás y nosotros somos los salvadores. Esto requiere de cero acción por parte de nadie, cero responsabilidad más que abrir los brazos para atajar migajas y soltar insultos de vez en cuando. Nos hace sentir mejor ante nuestra propia inercia y parálisis social y personal.
Estamos en un momento coyuntural, que más que seguir gritando cantos de opresión tenemos una oportunidad única de cambiar la mentalidad, de girar hacia la responsabilidad personal que permite el progreso y el avance.
La felicidad tropical viene bailaita, pero tiene que venir con el deber de ser mejores de lo que somos, con el derecho a las riendas de nuestro propio destino. El agradecimiento del que habla el monje suele venir después de sudar duro para lograr lo que se tiene, no cuando te lo regalan.
Adriana Navarro Capriles
Vía: El Universal
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