Matiateresa Garrido – opinión Viajar a Caracas para mí siempre es una aventura porque uno nunca sabe que puede pasar. No importa qué tanto chequee las noticias ni hable con mi familia, siempre hay una parte de la realidad que sólo conozco cuando estoy ahí. Mi visita en mayo me ayudó a darme cuenta de la gravedad de la crisis que hoy vivimos en Venezuela, y quiero aprovechar este espacio para compartir parte de mi agotadora experiencia.
Uno de los mayores placeres del mundo para mi es comer, y ¡nada como una cachapa con queso fresco para desayunar! Lamentablemente la vida se ha vuelto tan costosa que ir a desayunar es un lujo que pocos pueden darse. La crisis ha hecho que muchos de los lugares que solían estar llenos, a casi cualquier hora del día, hoy sólo reciban a unos pocos comensales. Ir a comer implica no hacer la cola en el mercado ese día y gastar parte de lo que estaría destinado para la comida de algunos días.
Sin embargo, el día antes de irme de Caracas quise tener un desayuno tradicional así que invité a mis padres a comer en una arepera en Las Mercedes. Llegamos, y como era de esperarse había poca gente, lo que nos facilitó chequear los quesos y hacer algunas consultas con el mesonero antes de ordenar. La primera alerta sonó cuando al preguntar los nombres de los quesos las respuestas que obtuvimos fueron diferentes. Como la persona del mostrador decía una cosa mientras que el mesonero decía otra, terminamos pidiendo el queso conforme a lo que podíamos ver. Ordenando el que estaba en la segunda bandeja, que creo era de mano, podíamos evitar confusiones entre el mesonero y quien se encargaría de procesar nuestra orden; en todo caso como ya sabíamos lo que queríamos, no había tiempo que perder.
La primera parte de la orden llegó y con ella la segunda llamada de atención; hay pocas posibilidades de que un marrón esté malo pero ese día lo estuvo. La comida llegó a los pocos minutos. Una cachapa, que estaba bien, otra que estaba cruda, y una arepa que estaba fría. Como a la tercera va la vencida, inmediatamente decidimos llamar al mesonero para explicarle la situación. Mal acostumbrada al dicho ‘El cliente siempre tiene la razón’ me tomó por sorpresa que lo primero que nos dijo el mesonero es que no lo podía creer. ¡Nosotros tampoco! Pero le mostramos los platos, y disgustados decidimos devolverlos, pedir la cuenta e irnos sin desayunar. Antes quien estuviera a cargo del establecimiento daba los cafés por cortesía, como una forma de pedir disculpas por el mal servicio, pero como podrán imaginarse ese no fue el caso.
Lo que me lleva a la segunda parte del desayuno. Al momento de irnos ya habían transcurrido alrededor de 45 minutos y no había tiempo de ir a otra arepera a comer la tan anhelada cachapa, así que fuimos a una panadería en Chuao. Como eran cerca de las 11:00 a.m. las arepas se habían acabado y sólo vendían cachitos y pastelitos. Una vez más el recuerdo de mejores tiempos vino a mi mente, y es que antes las arepas prácticamente nunca se acababan. Sin embargo, recordé que allí vendían ‘los mejores’ cachitos de queso paisa, así que pedí uno acompañado de un café. Mis padres pidieron un cachito de jamón, un minilunch y dos cafés. Esta vez tuvimos mejor suerte con los cafés, pero no con la comida. Lo que solían ser ‘los mejores’ cachitos de queso paisa se redujeron a ser un pan semidulce con un poco de queso, el cachito de jamón tenía un jamón molido de muy baja calidad, y el minilunch apenas tenía una lonja de jamón.
Para muchos esto es el día a día y es ahí donde está el mayor problema. La mayoría de los venezolanos se ha acostumbrado a la baja calidad del servicio y de los productos. El simple hecho de encontrar algo que comer a un precio asequible ha hecho que dejemos de preocuparnos por los pequeños detalles que hacen la diferencia. En un país donde todas las personas todos los días tienen que sortear un sinfín de dificultades para sobrevivir, ¿por qué es tan difícil hacer las cosas bien? Si sólo venden dos quesos, ¿qué tan difícil es saber cuáles son? Si sólo pueden hacen un número limitado de cachitos ¿qué tan difícil es hacerlos de la mejor forma posible?
Muchas cosas me quedan de esta experiencia, pero la que más me preocupa es el deterioro de los estándares de calidad y cómo nos hemos acostumbrado a la situación. Quienes trabajan en este tipo de lugares han olvidado que la atención al cliente es una de las cosas más importantes. Quienes sirven las mesas son quienes tienen la mayor responsabilidad porque son la cara del establecimiento, sin embargo, el resto del personal también tiene su cuota de participación. Para que la experiencia del cliente sea buena tiene que existir un equipo de trabajo que entienda que todos están involucrados, desde quien indica donde sentarte, pasando por quien cocina, hasta quien te cobra.
Sin embargo, un buen servicio no es suficiente. Las oportunidades de conseguir productos de mejor calidad son cada vez menores, al igual que la posibilidad de ofrecer buenos productos. Quienes están encargados de hacer las compras adquieren lo que se consigue, muchas veces sin tomar en cuenta cómo afectará la preparación del plato que se pretende ofrecer, afectando así la calidad del producto final. De nada sirve tener un excelente equipo cuando el plato sabe mal porque los ingredientes son malos, o porque las preparaciones no se adaptan al ingrediente para conseguir una mejor calidad en el producto final. Los dueños de estos lugares parecen haber olvidado que el éxito del negocio depende de un delicado proceso en el que todos los pasos son igual de importantes, y si uno falla, fallan todos.
Los venezolanos hemos dejado de exigirnos ser mejores, y ese es el principal problema de nuestra sociedad. En la medida en que cada quién haga lo mejor que puede con lo que tiene, y exija a los demás hacer lo mismo la situación general del país mejorará. Hoy en día tener trabajo y algo de comer es una bendición, pero pareciera que para la mayoría no opina igual. Malos tratos y malos productos no hacen que la vida sea más sencilla. Cosas como decir buenos días, por favor, gracias, sonreír a un extraño, ayudar a quien te lo pide no cuestan nada, pero valen todo. Así que los invito a que cada día hagamos lo mejor que podamos para que con pequeños detalles transformemos positivamente nuestras vidas y nuestra sociedad. Al final eso no depende del gobierno sino de cada uno de nosotros.

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