Dra Ana Gabriela Pérez, directora de la escuela de Psicología de la UCAB. / Foto: Juan Carlo Rodríguez
Juan Carlo Rodríguez
Con elevados índices de escasez de medicinas y alimentos e inseguridad a tal nivel que cuatro de las diez ciudades más peligrosas del mundo están en Venezuela, lo que se traduce en un bajo nivel de vida, más de dos millones de venezolanos han decidido emigrar, y un estudio reciente indica que más de un tercio de la población está planificando irse, uniéndose a los cerca de dos millones que ya se han ido del país desde que Hugo Chávez subió al poder.
Todos estos elementos han resultado en que se asegure que la población venezolana está viviendo un trauma, salvando las muy reales distancias, similar a la de los refugiados de guerra, y viviendo algo muy parecido a un duelo colectivo por la separación de las familias por la emigración.
Comunicas consultó con la directora de la escuela de Psicología de la Universidad Católica Andrés Bello, la doctora Ana Gabriela Pérez, psicóloga clínica especialista en trauma, para saber qué tan precisas son estas comparaciones. Pérez es parte, junto con otros especialistas y estudiantes de la escuela, en la iniciativa Psicomóvil UCAB, que ofrece
Dada la situación actual por la que pasa el país, que ha obligado a muchos a emigrar, se tiende a afirmar que la sociedad en general está pasando por diversos traumas, o está en esencia traumatizada. ¿Es correcto afirmar eso?
Lo primero es destacar cómo la psicología aborda el trauma. La definición más amplia s que se trata de toda situación que abruma a una persona. La situación que estás viviendo, las cosas por la que estás pasando, te superan en tal sentido que bruman la posibilidad de lidiar con ellas de una forma que puedas lidiar con ella. Hay que distinguirla de un trauma general a un trastorno tipo clínico, cuando ya hablamos de que esa situación de que todo nos sobrepasa, todo lo que hacíamos no es suficiente, que la persona desarrolla síntomas particulares que ya caen en lo que sería un trastorno. Está lo que se llama el trastorno post-traumático, pero hasta los mismos clínicos tienen problemas de definir lo que es. Eso normalmente es reservado a personas que han pasado por guerras, por desastres naturales o ser víctimas de robos o asaltos.
Esos eventos se caracterizan por un conjunto de síntomas que llamamos clusters. El primero es el que se llama la hipervigilancia, donde la persona, de estar normal en su cotidianidad luego de pasar por un evento traumático, sus sistemas de alarma se desajustan y piensa que su vida siempre corre riesgo; piensa que cualquier cosa es un peligro.
Pero paradójicamente está el aislamiento: la persona trata de evitar los sitios a donde le pasó ese incidente, lo evita a toda costa. Y eso desgasta mucho. También está el numbing o entumecimiento, que pasan las cosas y la persona no se entera, o asegura que no siente los brazos. No hay una respuesta adecuada, y recuerda el incidente como que le pasó a otra persona. Y luego está la disociación, que ese recuerdo tiene vida propia, y viene las intrusiones: puede suceder que tiene flashbacks y revive el momento.
Y el último cluster es que el evento traumático afecta mis creencias sobre el mundo. A lo mejor empieza a pensar que ya no puede confiar en ciertas personas, que creía que el mundo era un lugar seguro y ya ya no lo es, que creía que podía formarse un futuro en el país y ya no puede. Eso ocurre en el estrés post-traumático por haber ocurrido un evento tan intenso que de alguna forma la persona se quiebra, donde queda una herida.
Pero lo que peleamos en la psicología es que en el caso del estrés post-traumático queda otro tipo de trauma llamado el trauma complejo o crónico, que es que la persona no sale de la situación. Una cosa es que tú digas que sufriste un terremoto y bueno, ya el terremoto pasó, y otra es que tú salgas y todos los días te ocurre algo o te puede ocurrir algo. Es el caso donde hay abuso en los hogares, donde el hombre se mete en el cuarto de la niña, o le sigue pegando a la mujer. Hay una retraumatización sistemática que hace que esos síntomas no sólo se intensifiquen, sino que empiezan a formar parte de la persona, que vive su vida alerta, que la disociación puede empezar a ser parte de su personalidad, y ahí eso leva a trastornos más complicados, incluso hasta lo que se llama personalidad múltiple.
Entonces quizá muchos de nosotros hemos vivido un robo, un accidente, una situación terrible donde sentimos nuestra vida amenazada y hubo un tiempo donde vivimos síntomas de estrés post-traumático. Pero la situación no nos ha permitido reivindicarnos, sino que todos los días estamos sometidos al quiebre de la lógica, al quiebre el sentido de la realidad. Más que un trauma clínico estamos sometidos a un trauma existencial, y lo que estoy consiguiendo en consultas y las cerca de 200 personas que atendimos en el Psicomóvil era depresión y ansiedad asociada con la existencia. Del tipo, «¿La vida de verdad vale la pena vivirla? ¿Qué sentido tiene todo esto?»
Esto nos ha llevado a un quiebre de cualquier elemento que pensábamos le daba sentido a nuestra existencia, y eso más allá de los síntomas clínicos, nos habla de una sociedad que está sometida a un tipo de maltrato psicológico constante, porque uno de los principios de la relación maltratador-maltratado es que el sometido no tiene sentido sobre su propia vida.
El otro lado son las personas que sobrecompensamos diciendo «yo me voy a hacer mi propio jabón». Pero es esa forma de lidiar, enfocándose en las cosas que sí tiene control. Si no hay huevo pero hay arepa, entonces que ese sea tu enfoque del día.
En medio de todo eso, mucha gente ha optado por escapar de ese trauma, de una manera muy literal, lo que ha resultado en un éxodo masivo. Y hay muchos que aseguran que se está viviendo una especie de duelo colectivo. ¿Eso podría ser cierto?
Hay una terminología que se está usando, quizá un poco a la ligera, que es el llamado duelo migratorio, que lo vive tanto el que se va como el que se queda. La palabra «duelo» viene por la pérdida de alguien, y se llama migratorio porque se trata de una migración forzada. Estamos viviendo nidos vacíos anticipados. Pero las personas aún siguen viendo la palabra «duelo» como una pérdida definitiva, y esto no necesariamente es definitivo. Estamos haciendo varios estudios para que podamos denominarlo con justicia, aún hay que estudiarlo más a fondo psicológicamente hablando porque uno no pasa por las etapas del duelo. Eso incluye una etapa de resignación donde asumiste que la pérdida estuvo y de que la persona no va a estar más nunca y debes llenar tu vida con otras cosas. Pero en este caso la persona puede volver a estar. Creo que no le estamos haciendo justicia si lo llamamos duelo.
Para unir esos dos, conceptos, estamos viendo una situación traumática masiva con un duelo migratorio. ¿Qué aconseja para que se puedan manejar estas situaciones?
Lo primero que hay que decir es que para mí, como clínico, cada persona es un mundo y poder dar recetas para todo el mundo no sirve. Tú que eres el primero que se va de un núcleo familiar eres muy distinto de mí que soy la única de uno que se ha quedado. Yo lo que sí creo es que esto está creando una situación donde la gente no le encuentra sentido a la vida, y la vida no tiene un sentido escrito. Los psicólogos sabemos que hay muchas cosas en la vida que se deben al azar y que están fuera de tu control.
Siendo así, que la vida realmente como tal no tiene sentido, entonces nosotros le damos el sentido en la medida en que se parece a lo que la sociedad le ha querido dar. «Tienes hijos, eres feliz; tienes familia, eres feliz; tienes pareja, eres feliz». Una serie de cosas que la sociedad ha construido como manera de darle sentido. Pero a la hora de la verdad uno puede ser perfectamente feliz solo. A mí me encanta en ese sentido el discurso de Steve Jobs en Stanford, donde dice «Los puntos se conectan después, no antes». Esa fue una vida algo absurda, pero fue una donde dijo que sobre ese absurdo dijo «Este es mi camino, mi historia la escribo yo». Eso es lo que uno tiene que decidir: ¿cuál es la historia que quiere contar? ¿Y cuánto de esa historia te pertenece realmente y cuánto de esa historia te pertenece realmente? Porque en la medida que sientas que esa vida te pertenece puedes asumir sus consecuencias de una forma menos traumática. Por eso me encantó cuando me explicabas (antes de la entrevista) que la organización apunta a que la sociedad tenga ciudadanos mejor informados, porque de eso se trata la vida.
Y sobre todo de tener opciones, que la vida siempre tenga opciones. Para ejemplo una historia de Laureano Márquez, que está basado en una historia real: un español está frente al pelotón de fusilamiento, y cuando le preguntan si tiene unas últimas palabras, dice: «Me pueden quitar el dinero, la vida, la dignidad, todo; pero si hay algo que no me pueden quitar es la c***zón que tengo en este momento».
No creo que haya una receta para que cada persona pueda llevar su vida, pero creo que cada persona puede buscar dentro de su vida las cosas que pueden ver, disfrutar, mantener espacios protegidos emocionalmente hablando. Cerrar el foco cuando hay angustias, y ponerlo a lo que está más cercano a ti que yo pueda controlar hasta que se pueda tener una panorámica más completa. Limitar las redes sociales, y mantener los apoyos emocionales.
Las reacciones más frecuentes parecieran ya que son extremo humor o extremo cinismo. Están los que le dicen a los que se van «Olvídense ya, dejen la lloradera, olvídense del país», y están los que ya parecen desensitizados y asumen hasta las situaciones más extremas con humor. ¿Eso se puede llamar sano?
Freud decía que el humor es una de las formas más elevadas de sublimación, y yo estoy de acuerdo con él. Aunque es un mecanismo de defensa, porque no quiere decir que no tengamos angustias, es una forma de manejar nuestras angustias y conflictos internos, y por lo tanto permite canalizar nuestros sentimientos para no permitir que haga erupción de otra manera.
Creo que el humor es muy válido. Otra cosa es devaluar la experiencia del otro. Una cosa es decir «Ya yo me olvidé de eso, ya soy feliz afuera» y otra cosa es decirle a los demás «¿Ustdes por qué sienten de esa manera?» Eso es como devaluación y burla de que el otro pueda tener una vivencia diferente. Creo que ese cinismo, más que eso, es una agresión hacia otra persona que bien puede llorar a su país si está afuera. El humor como crítica al sistema, como forma de vincularte con el otro en la risa, es totalmente sano mientras no se mantenga como una sola forma de lidiar con la situación, la cuestión es tener opciones.
En una sociedad donde se eliminan las opciones, hasta cierto punto se habla de una pérdida de esperanza. Si nos convertimos en una sociedad sin esperanza, sin opciones, ¿seremos una sociedad sin miedo? Y si es así, ¿cómo se va a manejar eso?
Si eso legara a ser así, lo que vamos a tener es una tremenda depresión, y tenemos suficientes signos de que eso ya está pasando, pues la depresión no sólo se manifiesta por tristeza, se manifiesta por ir, por irritabilidad. Creo que más bien es lo contrario, una falta de esperanza lleva a mucho miedo porque no sabemos de dónde agarrarnos. Entonces hay que definir qué es esperanza: ¿es saber que algún día vamos a salir de de esta situación, o pensar que cada día es una nueva oportunidad? Si ponemos nuestro bienestar en cosas que no sabemos, corremos el riesgo de caer en cosas más absurdas. Hay que cerrar el foco y decir que cada día es una nueva oportunidad, y decidir cómo la vamos a usar.
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